ÉRASE UNA VEZ... una pareja de recién casados que vivía en la extrema pobreza. Se llamaban Paco y Lourdes.

CUENTO DE SABIDURÍA: LOS TRES CONSEJOS


Érase una vez una pareja de recién casados que vivía en la extrema pobreza. Se llamaban Paco y Lourdes.

Un día el marido le hizo la siguiente propuesta a su esposa: «Querida, quiero darte una vida más cómoda y digna. Voy a irme de casa a buscar trabajo, aunque para ello tenga que ir bien lejos y alejarme de ti. No sé cuanto tiempo voy a estar lejos, pero quiero que durante el tiempo que esté fuera me seas fiel como yo te seré fiel a ti».

El joven marido caminó y camino durante muchos días sin encontrar a nadie que le ofreciese trabajo. Un buen día se acercó a un templo donde vivían unos monjes que pasaban gran parte del día entregados a sus prácticas espirituales. Paco preguntó al maestro del templo si sabía de alguien que le pudiese ofrecer trabajo. 

El maestro le respondió: «Puedes trabajar aquí en el templo, la persona que se encargaba de su mantenimiento se jubiló ayer».

Paco aceptó el trabajo, pero previamente le dijo al maestro: «Déjeme trabajar por el tiempo que yo quiera y cuando crea que debo irme, libéreme de mis obligaciones y págueme todo el dinero que haya ganado. Hasta que me vaya no quiero recibir mi salario. Le pido que lo coloque en una cuenta de ahorro hasta el día que me vaya».

Estando ambos de acuerdo, aquel joven trabajó durante veinte años, sin vacaciones y sin descanso. Después de ese tiempo se acercó a su patrón, el maestro, y le dijo: «Déme el dinero que he ganado, quiero regresar a mi casa».

El maestro le respondió: «Muy bien, hicimos un trato y voy a cumplirlo, pero antes quiero proponerte otro trato».

«Diga maestro, ¿qué me quiere proponer?»,  dijo Paco. 

Y el maestro le respondió: «Yo te doy tu dinero y te vas, o te doy tres consejos y no te doy el dinero y te vas. Si te doy el dinero no te doy los consejos y viceversa. Vete a tu cuarto, piénsalo y después me das la respuesta».

Paco necesitó dos días para tomar esa decisión. Sabía que los consejos del maestro eran muy valiosos. Durante los veinte años que había estado en el templo había visto venir casi cada día a gente de muy lejos para pedir consejos al maestro. Se acercó a él y le dijo: «Maestro, quiero los tres consejos en vez del dinero».

El maestro le recordó: «Si te doy los consejos, no te doy el dinero ¿Estás seguro de la decisión que has tomado?».

Y Paco respondió: «Sí maestro, quiero los consejos».

El maestro le dijo: «El primer consejo es que nunca tomes atajos desconocidos en tu vida, pues caminos más cortos y desconocidos te pueden costar la vida. El segundo consejo es que nunca seas curioso de aquello que represente el mal, pues la curiosidad por el mal puede ser fatal. Y el tercer consejo es que nunca tomes decisiones en momentos de odio y dolor, pues puedes arrepentirte cuando sea demasiado tarde. Estos tres consejos quiero que los recuerdes toda la vida».

Después de darle los consejos, el maestro le dijo: «Aquí tienes tres panes, dos para comer durante el viaje y el tercero es para compartirlo con tu esposa cuando llegues a tu casa».

Entonces, el hombre siguió el camino de vuelta a su hogar. Llevaba veinte años que no veía a su esposa y tenía muchas ganas de regresar a casa.  

Transcurrido el primer día de viaje, encontró a una persona que lo saludó y le preguntó: «A dónde va? ». 
Y él le respondió: «Voy a un lugar muy distante, detrás de aquella montaña, aún me quedan muchos días de camino».

La otra persona le respondió: «Buen hombre, el camino que sigue es muy largo, yo conozco un atajo con el que llegará en pocos días».

El joven, contento, comenzó a caminar por el atajo, cuando, de repente, recordó el primer consejo: «Nunca tomes atajos desconocidos en tu vida, pues caminos más cortos y desconocidos te pueden costar la vida». Entonces, regresó para seguir por su camino despejado y conocido. 

Días después, se encontró a un viajero que le explicó que el atajo que le habían propuesto llevaba a una emboscada. El atajo era una senda oscura rodeada de maleza, donde había unos ladrones que golpeaban y robaban a todos los que pasaban por allí.

Después de una semana de viaje estaba muy cansado. Encontró una pensión a la vera del camino. Con el poco dinero que tenía, con el que había salido hacía veinte años, pagó una habitación para pasar la noche y así recobrar las fuerzas. 

Se acostó y enseguida se quedó dormido.

Estaba durmiendo profundamente, cuando de pronto se levantó asustado al oír un grito aterrador. Salió de la habitación para ir a ver lo que pasaba, pero se detuvo al recordar el segundo consejo del maestro: «Nunca seas curioso de aquello que represente el mal, pues la curiosidad por el mal puede ser fatal». Entonces, regresó a su habitación y se acostó a dormir.

Al amanecer, el dueño de la posada le dijo si había escuchado un grito y él le contestó que sí. Y el mesonero le dijo: «Menos mal que no sintió curiosidad, pues si hubiese ido a ver que pasaba, no hubiese salido con vida. La policía me ha comunicado que hay una pantera negra muy peligrosa que anda suelta. Esta madrugada se ha cobrado la segunda víctima. Era una mujer que había alquilado una habitación contigua a la suya».

El hombre siguió caminando con grandes deseos de llegar a su casa. 

Después de muchos días y noches de caminata, por fin, vio entre unos árboles, su casa. Salía humo de la chimenea. Estaba anocheciendo. Todavía estaba a muchos metros, pero vio a través de la ventana que su mujer no estaba sola. Se acercó un poco más y vio que estaba con un hombre al que le dio un beso. Cuando vio aquella escena su corazón se llenó de odio y amargura, y decidió correr al encuentro de los dos y acabar con ellos sin piedad. Apresuró sus pasos, pero se detuvo al recordar el tercer consejo del maestro: «Nunca tomes decisiones en momentos de odio y dolor, pues puedes arrepentirte cuando sea demasiado tarde». Entonces, respiró profundamente, y decidió quedarse a dormir fuera de casa.

Al amanecer, ya con la cabeza fría, se dijo: «No voy a hacer daño a mi  mujer. Voy a volver con mi patrón, el maestro, a  pedirle que me acepte para vivir en el templo. Pero, ya que estoy aquí, voy a ver a mi mujer para decirle que yo siempre le fui fiel».

Se dirigió a su casa y llamó a la puerta. Cuando su mujer la abrió, lo reconoció y se abalanzó sobre su cuello, abrazándolo afectuosamente. Él trató de quitársela de encima, pero no lo consiguió. Entonces, con lágrimas en los ojos, le dijo: «Yo te fui fiel y tú me traicionaste».

Lourdes, su mujer, espantada le respondió: «¿Cómo? Yo nunca te he traicionado. Te he estado esperando durante todos estos años».

Y Paco le preguntó: «Entonces, ¿quién es ese hombre que está en tu casa?». 

Y Lourdes le respondió: «Ese hombre es Moisés, nuestro hijo. Cuando te fuiste, descubrí que estaba embarazada. Hoy nuestro hijo tiene diecinueve años».
Entonces, el marido entró en casa, fue corriendo a abrazar a su hijo, y les contó toda la historia, mientras su esposa preparaba la cena. 

Se sentaron a comer. Y después de la oración para bendecir los alimentos, partieron el último pan que le dieron en el templo. Y al abrirlo se encontraron con todo el dinero que su maestro había escondido allí, como pago de sus veinte años de dedicación al templo.

Junto al dinero había una nota que ponía lo siguiente: «No te olvides nunca de los consejos que te di».


Cuento del libro Cuentos de Luz para el Alma de Ricard López